La Cabina

Cuando el dolor se hizo insoportable, desperté.

Tenía la cara quemada, y aunque no lo veía, lo sentía como algo evidente. La mejilla derecha, pegada y abrasada contra el cristal me preocupaba especialmente; debía retirar el rostro lo antes posible, sin embargo el miedo me tenía paralizado. La respiración agitada, el sudor que iba resbalando desde mi frente, salado y sucio, recorría las heridas y aumentaba el ardor.

Con mucha dificultad había conseguido despegar los ojos y visionar escasamente el espacio en el que me encontraba. Apenas me rodeaba un metro cuadrado que me mantenía en el suelo con las piernas dobladas, respirando un aire pesado y caliente, y totalmente desorientado. A ello debía sumarle la cantidad insolente de ropa que me cubría, asfixiándome. No era el momento de buscar explicaciones, debía incorporarme lo antes posible, a riesgo de morir deshidratado y abrasado por completo.

Un grito desgarrador retumbó entre las paredes acristaladas de aquella cabina y un hilo de sangre resbaló por una de ellas hasta llegar al suelo. Restos de piel ulcerada permanecían pegados, desprendiendo un olor nauseabundo.

Unas manos van palpando las paredes y se intentan despojar desesperadamente de la ropa que le cubren el cuerpo. Buscan una salida sin éxito entre unas esquinas perfectamente selladas. Tiene miedo y tiembla. Un grito tras otro con cada prenda caída, por cada resto de piel que se ha ido con ellas.

La angustia me va arrebatando la cordura. Estoy encerrado en una cabina y no recuerdo como he llegado hasta aquí. Todo lo que toco, quema; el calor es infernal.

Con la ayuda de la camisa que me acabo de quitar, intento limpiar el vaho de los cristales para descubrir dónde me hallo. La sangre que ha quedado en la ropa no me ayuda demasiado y se mezcla con la humedad. Me acerco con cuidado y aunque mis ojos me otorgan poca nitidez, procuro enfocar el exterior.

Vientos alisios soy, no hallo barreras, no tengo destino.

 

Arena. Infinito y más arena. Vacío, arena en todas direcciones; arena bajo mis pies, revoloteando por  el aire, arena en mis pulmones.

Una cabina en medio del desierto. Respiro hondo sin mucha suerte, apenas queda aire y empiezo a toser; entonces la sangre, los cristales…

Por primera vez me percato del teléfono que tengo a la altura del codo. Es un teléfono antiguo de color rojo, y mientras lo observo aliviado, comienza a sonar.

Me lanzo desesperado a coger el auricular, pero está pegado, soy incapaz de moverlo, no puedo contestar. Lo golpeo con las pocas fuerzas que me quedan mientras las lágrimas brotan llenas de rabia y el pánico se apodera y absorbe las últimas gotas de aire que iban quedando allí.

En ese mismo momento, en alguna otra cabina, de alguna otra pesadilla, una mujer llora desconsoladamente porque en el único teléfono al que puede llamar nadie contesta. Si tan solo por una vez, piensan,  soplara el viento en la misma dirección.

desierto

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