Larga noche

Ayer vino a recoger sus cosas. La noche se había precipitado veloz, irrumpiendo en cada una de las ventanas que contenían el aire de esta casa. Mi aliento y el suyo. Mis recuerdos enredados en nuestra historia. Irrumpía echando abajo los cristales y manchando las paredes, desde que salía el sol hasta que yo cerraba los ojos. El día que vino, simplemente se quedó.
Y él, en la penumbra, lo iba recogiendo todo.
Se llevó sin querer un trozo de mi vida, porque no era fácil distinguir a esas alturas lo que nos pertenecía a cada uno; no supimos separar aquello que nos unía.
¿Cómo se reparte el amor que no tuvo medida?
A ciegas recorría las paredes, los cajones y mis manos. Revolvía nervioso las ilusiones. Iba guardando en sus bolsillos mis pedazos rotos, restos del huracán que nos había separado.
Cogía una de mis manos sin distinguirla de las suyas, y se marchaba con él, también, algo de mí.
A tientas buscábamos la luz que no venía. Porque la noche había llegado, porque esa noche, hace demasiados días que no se iba.
Sin querer y a ciegas, se lo llevó todo.

178 Cristales rotos

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