Me habitan palabras desordenadas,

que se beben el sentido del deseo cuando te observo,

tan callada.

Soy retórica deslizando mis dedos.

Un monosílabo hablándote de atardeceres,

esdrújula queriéndote.

 

Ayer se despertó la muerte

acurrucada en tu nombre.

Me aventó tarde la suerte.

El viento que templaba tus mañanas,

no me eligió.

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Mis ojos,

el lugar donde rompió la herida.

El insomnio violento de medianoche.

Un cúmulo de penas sin orden.

Hay alguien tras las cortinas

preguntándose quién soy.

Irse para siempre. Afilar los precipicios por si al querer saltar, resbalo. Intentar aferrarme al viento.

Matarme en un descuido al nombrarte otra vez. Y resucitar, tal vez, en la boca de otro.

Querer a ciegas al espanto y que huyan todos los pájaros tiritando.

Alguien se ha dejado olvidadas las culpas,
y han venido a acunarse en mis pestañas.
Por aquí ya no viene nadie.
¿Cómo se llamaba aquel hombre?
El que me atrapaba en la continuidad de sus dedos,
cuando en mis sueños siempre era de noche.
Desnuda y rota melodía de sus lunares.
Deja que las dudas me entierren,
porque el aire que respiro es incierto,
y mi boca, seca y callada,
sabe como a recordarle.
Si tan solo creyera en la sombra que reflejo,
de esa niña que un día fui,
despistada.
Y que se perdió muerta de miedo.
Si tal vez, cruzando la calle la encontrara,
como se encuentran torpemente los recuerdos;
que venga.
Que le hable de lo que enmudece su garganta.
niña

He cruzado todas tus orillas

hablándole a mis precipicios

atrapada en días vulgares

descosiendo telares de soledad.

 

He viajado como quien nunca se va.

 

Oigo el eco y no lo entiendo.

De cuando el viendo amainó

llevándome.

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Intentos

Puedo intentar olvidar dónde voy,
dejar de lado las hojas que han caído sobre mis pies,
y no ser
y no aparentar
todo lo que ya perdimos,
los suspiros que mecen mi pelo,
las espinas que entorpecen tus dedos.

Puedo mejorar estos días,
creer que si aún resisto
es por que todavía amanece.
Y la noche existe
y el dolor…
Que cuando duele, me siento viva.

Trago amarga saliva,
con el sabor de ese café al que te aferrabas.
Febril como yo,
humeante como fuiste tú.
Escurridizo entre mis manos.

Estamos solos,
tan completos como este invierno lo permita.

Invitados a dejarlo todo por nada.

Aceptando cualquier corazón acelerado,
temblando,
desgraciados,
pidiendo a gritos un instante más.