Llegó certero un recuerdo espontáneo

en al abismo en el que te espero;

donde la vida es letargo,

apenas un leve acierto del tiempo.

 

Entonces me vi, extraña, arañando el miedo.

 

He dormido ardiendo sobre esperas

y ahora tan solo soy aire,

piel estratosférica,

ligera como los segundos

cuando pasaban temblando y besaban nuestros labios.

 

Me sobrepasan los años,

el tropiezo recurrente

que nos hizo pedazos,

mientras las canciones,

heridas de silencio, se escurrieron por nuestras manos.

 

Me pasó ya todo en esta vida.

Ya todo.

Menos tú.

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Enmudecí justo en un momento que nunca podrá recordarse.

Sólo hay un registro, apenas perceptible, del nudo en mi garganta y

una sed amarga.

De mi versión más pequeña acurrucada en su sombra.

Bosques ardiendo de gente sola.

 

Como si hubiera pasado todo en apenas un segundo, en vidas donde nunca pasa nada.

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Me hallo expuesta al filo de mis propios pasos.

¿Dónde guarda el cielo nuestros aullidos?

Y las palabras desordenadas que te pienso,

las ordena un día el viento. Siempre ya demasiado lejos.

lobos

Me habitan palabras desordenadas,

que se beben el sentido del deseo cuando te observo,

tan callada.

Soy retórica deslizando mis dedos.

Un monosílabo hablándote de atardeceres,

esdrújula queriéndote.

 

Ayer se despertó la muerte

acurrucada en tu nombre.

Me aventó tarde la suerte.

El viento que templaba tus mañanas,

no me eligió.

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Mis ojos,

el lugar donde rompió la herida.

El insomnio violento de medianoche.

Un cúmulo de penas sin orden.

Hay alguien tras las cortinas

preguntándose quién soy.

Irse para siempre. Afilar los precipicios por si al querer saltar, resbalo. Intentar aferrarme al viento.

Matarme en un descuido al nombrarte otra vez. Y resucitar, tal vez, en la boca de otro.

Querer a ciegas al espanto y que huyan todos los pájaros tiritando.

Alguien se ha dejado olvidadas las culpas,
y han venido a acunarse en mis pestañas.
Por aquí ya no viene nadie.
¿Cómo se llamaba aquel hombre?
El que me atrapaba en la continuidad de sus dedos,
cuando en mis sueños siempre era de noche.
Desnuda y rota melodía de sus lunares.
Deja que las dudas me entierren,
porque el aire que respiro es incierto,
y mi boca, seca y callada,
sabe como a recordarle.
Si tan solo creyera en la sombra que reflejo,
de esa niña que un día fui,
despistada.
Y que se perdió muerta de miedo.
Si tal vez, cruzando la calle la encontrara,
como se encuentran torpemente los recuerdos;
que venga.
Que le hable de lo que enmudece su garganta.
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