We could be heroes

¿En qué momento decides que es mejor no volver a verse?

¿Cuántas cosas has tenido que sopesar para dejar que el viento os roce por calles lejanas que jamás volverán a confluir?
¿En qué momento el infierno se hace frío y ya da igual?
Abrazas el lado izquierdo vacío de la cama y duermes.
Y dejas morir esa planta favorita dentro de su maceta. No la vuelves a regar, ya no esperas que florezca; nadie la vuelve a tocar.
También hay museos para lo que un día fueron certezas.
Los huecos vacíos son sitios de paso, donde todo cae por su propio peso, o simplemente se va.
Y tu sonrisa espera disfrazada a que alguien le quite el disfraz.
O no.
Que se jodan las esperas, piensas.
Ahora conjugamos otros tiempos.

Perdóname

Perdóname,
porque no he dejado de huir.
He vagado tantos meses enterrando lo que siento,
he cambiado los sueños que tenía contigo, por otros que en realidad no quiero.
Perdón por apartarte, así de golpe,
por cambiar todos los planes,
por dejarte aunque ya no me quisieras, y cuidarme.
Te escribo, aunque jamás lo reconocería.
Y te siento cuando piso calles vacías,
y espero que tal vez, al doblar esa esquina…
Perdóname por no ceder,
por ser tan fría,
por elegir quererte siempre, sin que tú lo sepas
y sin que yo te lo diga.
La nieve me abrasa por dentro.
Domingos, abriles, inviernos.
Y ese concierto…
Perdóname.
Porque yo todavía no puedo.

Girasoles

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Desperté en un planeta sembrado de girasoles.

Las últimas horas que me restaron de oxígeno las pasé deshojando pétalos, que en innumerables ocasiones reafirmaron que ella me seguía queriendo.

Mi muerte fue relativamente feliz.

Cuando vuelvas a verme

Cuando vuelvas a verme, no seré yo. Seré otra boca, de saliva extraña, de besos perdidos, seré otra cosa.
Es posible que hasta tenga una canción, un libro, otro perro.
No seré yo cuando, tal vez, vuelvas a buscarme. En mi calle alguien se perderá, ¿a quién buscas?. Silencio. Rabia. Vergüenza.
Desandarás nuevamente los pasos de años atrás. Y tocarás, como un día toqué yo, las paredes que sostuvieron nuestras espaldas.
Nada nuevo, todo extraño.

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¡Vuelve!…si quieres, claro.

Te prometo que esta es la primera y última carta de amor que recibirás de mis manos. No la tires antes de leerla porque no voy a insistir.

He cambiado, Jairo.

Ya no soy esa chica celosa y posesiva que pretendía a toda costa que estuvieras a mi lado. Ahora entiendo que el espacio para nosotros no era tan simple como vaciar cajones y la confianza existe si no te metes donde no te aman. ¿Tú lo haces todavía?

Te pido que vuelvas, sin presiones. No me verás otra vez en tu portal, no temas otro berrinche. Ya sabes que siempre fui la oveja dramática de mi familia, pero esta vez asumiré la espera, el tiempo que necesites. Entiendo que dejar a esa chica con la que sales ahora no será un asunto que se pueda gestionar en pocas horas. Tómate el fin de semana, con tranquilidad.

Por cierto, ¿recuerdas aquel curso de pintura?, lo terminé ayer. Ha sido una terapia increíble para templar estos nervios que ya conoces, aunque he pintado tantos cuadros que podría llenar el prado. Sí, el que se escribe en minúscula.

He decidido hacerte caso respecto a Bruno, el pez. Tenías razón cuando me decías que, después de todo, había más peces en el mar y mares, y yo aquí, erre que erre con esa pecera diminuta; y él, tan solo, tan pez y cristal. Pero el mar me parece excesivo, Jairo, he visto en una tienda peceras enormes, tampoco vamos a exagerar.

Ahora me ha dado también por escribir, pero escribir de verdad, como esta carta; papel y tinta, nada de luces, baterías y botones. ¿Viste lo del doble check azul del whatsapp?, me hubieran hecho polvo contigo. De todas formas no lo he podido volver a instalar desde el día que estrellé el teléfono contra tu coche; seguro que lo recuerdas. Solo espero que no me guardes rencor, Jairo. He cambiado.

Quién me iba a decir a mí que la vida era otra cosa.

Aquí todo está preparado para cuando vengas, sobre todo yo. No más agobios, no más celos, no más inseguridades, se acabó esa obsesión enfermiza de querer atarte a mis pies.

Jairo, vuelve.

He cambiado, he madurado por ti.  Los ciento treinta y siete mensajes que no recibiste el mes pasado, eran míos.

Te quiero.

Juana.

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<span>¡Vuelve!…si quieres, claro.</span> –
<span>(c)</span> –
<span>Romina Tatiana Martín Martín</span>
</a>

Miserables

Observo a mi alrededor por si encuentro a alguien que me pueda socorrer, pero siento que todos son tan miserables como yo y están lejos, demasiado lejos. No veo la salida y esta luz va perdiendo intensidad.

Dicen que todos nacemos iguales y nuestra esencia, lo es. Sin embargo, bajo el brazo, a cada uno le encajan lo que se supone que le ha de diferenciar. El llanto es el mismo, pero no a todos nos lo calman del mismo modo. Y cuando uno de los panes es el de la miseria, aunque tú no la pidas, si te acostumbras a cargar con ella, es posible que nunca la sueltes.

Hace años que me siento solo. Y no importa el lugar, ni la cantidad de gente que me acompañe. Aquí, muy adentro, estoy vacío. Es un dolor extraño, porque presiento que nadie más lo nota.

Bien es cierto que, con el paso de los años, he aprendido a disimular mis múltiples carencias, aunque haya gente que por mi aspecto me mire con asco o me trate con dureza. Podría recordar, incluso, algún intento de agresión. Pero hace mucho tiempo que lo asumí como parte de lo que soy,  y no lo acepto, pero lo espero, como quien espera mojarse bajo la lluvia porque se ha negado a llevar paraguas el día que pronosticaron tormenta.

Este dolor se ha volcado en mi pecho y me empieza a faltar el aire. Miro por la ventana y lo busco. Cierro los ojos y lo intento imaginar.

Me llamo Javier y tengo una familia. Dos hijas preciosas, como dos extrañas. Y una mujer, pero no compañera. Me doy cuenta de lo poco que las conozco y me duele, pero es que salir cada día a buscarse la vida no es fácil. Son demasiadas horas soportando a toda clase de personas, dificultades, críticas y un sinfín de problemas; todo ello para darles una vida lo más digna posible y que no les falte de nada. Pero a mí me falta tiempo, tiempo para estar con ellas. Sacrificio lo llamaba mi padre, y yo en algún momento lo asumí.

Intento por todos los medios que mis niñas no sufran también esta miseria y por eso he luchado, para darles aquello que un día creí que era lo mejor. Sin duda no contaba con esta agonía moral repentina. Con esta lucha interna que ha llegado en mal momento. Porque, en verdad, no les he podido dar nada. Y ahora, son tan pobres, tan miserables como yo.

Me reconozco en su manera de afrontar la vida. Estoy seguro que ellas se reflejan en cada uno de mis pasos y sumisas, y prácticamente ciegas, me han seguido.

Y ahora no hay alivio. La mente, mis pensamientos y su recuerdo no me ayudan. El aire se va y esta presión es insostenible. Vuelvo a mirar a mi lado, pero todo me parece irreal. ¿Hacia dónde me dirijo?

En el fondo, este carácter nunca me ha sido de gran ayuda. Me califican de prepotente y es verdad. Pero cuando tienes tan poco que ofrecer, las malas cualidades te llevan de la mano y acabas por asumir lo que no debes.

Yo también he vivido con ilusiones y he trabajado muy duro por hacerlas realidad. Pero ese trabajo se hace por caminos duros, inseguros, pedregosos, y a veces hay que mancharse un poco las manos. Sin embargo yo lo hice todo al revés, el día en el que alguien me señaló por dónde se abrían las puertas. Y las manos me las manché, claro que las manché.

Quizás por eso es que hoy tengo este aspecto, estas ojeras, esta ansiedad que me va consumiendo por dentro. Y ahora el aire…

Quiero poder gritar y abro mucho los ojos pensando en que alguien los entienda. Pero ni siquiera me miran. Aquí la distancia es grande, y aunque yo no lo reciba, el aire abunda para que nadie me lo quite.

Quiero tener algo más que decir.

El corazón ya no aguanta esta presión. Me hundo en la piel de este gran asiento y pienso, agotado, que tal vez así está bien. El caviar de primera clase me está intoxicando y pedí tanta soledad que también voy a morir solo. 

¿Quién es el dueño de las segundas oportunidades?, quise gritar.

Bajo el brazo, esta vez no me llevo nada.

*Desde hace varios años, España está siendo asolada por una epidemia de miseria moral y falta de humanidad en la clase política. Nos ha gobernado gente sin escrúpulos y desconocemos si existe alguien arrepentido o con la voluntad de hacerlo. Lo real es el hambre, el paro y los derechos que van menguando día a día. Por nosotros, pero sobre todo por quienes no pueden, debemos frenar y decir basta, basta ya.

*Ningún político ha sido maltratado durante la redacción de este relato.

Más espacio

Desde que tengo uso de razón, he crecido rodeado de la última tecnología. Mis padres han tenido siempre una situación económica bastante holgada y yo la he disfrutado prácticamente sin límites. Es por ese motivo que desde hace años, manejo un abanico de aparatos electrónicos e inteligentes tan amplio, que apenas  me rodeo de personas.

Podría considerarme un chico solitario, un freaky o un “raro”, sin embargo, el dinero te dificulta el hecho de estar solo. Algo que en mi caso se ha convertido en esa eterna duda de saber distinguir lo real de lo que no lo es y aunque aquí hable de sentimientos, lo podría extrapolar perfectamente a todos los ámbitos, ya que vivo en un mundo de pantallas, cables, datos, elementos sólidos, grandes, pequeños, con unas propiedades tan increíbles que se hace relativamente fácil llegar a confundir humanidad con tecnología.

Por eso, el día en el que conocí a Isabel, me sorprendió sentirla tan humana, tan alejada de todo lo que yo conocía hasta ese momento. Ella se conectaba fácilmente con la tierra, con los animales y con las personas sin necesidad de poner cables de por medio. Todo era limpio, sencillo y REAL. Aunque lo que más me sorprendía de todo aquello era sentirme cómodo a su lado, que en lugar de huir o verla como alguien extraño, su humanidad tan exagerada en estos tiempos me gustaba, me atraía enormemente y hubo algo en esos meses, que aunque todavía no llego a comprender lo que fue, a ella también le atrajo de mí.

Yo a nivel emocional era una persona bastante simple, por ese motivo creo que me sentía tan feliz a su lado. Realmente no habían cambiado tantas cosas en mi vida ya que Isabel respetaba mucho mi espacio, mi trabajo, mis investigaciones y el ocio con mis “juguetes”. Nunca me involucré demasiado en sus planes. Me agobiaba la idea de pasar mucho tiempo hablando o en algún lugar sin absolutamente nada que enchufar, sin una pantalla, sin Dios Google. Y ella lo sabía.

Yo pensé que Isabel también había empezado a disfrutar de todo lo que me rodeaba y creía sentirla cada día más cerca, justamente porque según pasaban las semanas hablábamos menos y el whatsapp, mail, skype, habían ocupado la parcela de la cercanía que tanto me costaba tener con las personas.

A veces me pregunto si existieron esas señales de las que tanto habla la gente. Cosas que no llego a comprender, porque en mi vida busco exactitud, precisión, claridad, todo aquello que obtengo principalmente de la tecnología. Eso me da seguridad y me hace sentir pleno.

Pese a todo, yo siento que vivimos unos meses muy felices, o al menos eso creo recordar.

La gente me preguntan si todo esto no me duele y la verdad es que no demasiado. No voy a negar que la echo de menos, pero no soy capaz de sentir una relación humana como algo primordial. Es más, en algunas ocasiones con las personas me sucede como con las máquinas, y es que me encantaría poder desconectarlas cuando me canso de ellas y encenderlas meses después, recuperando esa ilusión ya perdida de la primera vez. Pero el mundo (aún) no funciona así, por lo tanto he aprendido a que las despedidas no me duelan, ni los fracasos, humillaciones o cualquier sentimiento que tenga que ver con el hecho de relacionarse con alguien de carne y hueso.

Pero lo de Isabel, lo de Isabel no lo entiendo. Yo pensé que siempre iba a ser clara conmigo, al igual que yo respondía a sus peticiones. Y no consigo saber qué fue lo que falló. Yo lo intente, os juro que lo intenté.  Por eso el otro día cuando me pidió más espacio, yo le regalé una tarjeta de memoria de 32 GB.